domingo 19 de julio de 2009

¿Mancebo o muchacho?

Terminé hace unos días la traducción de Venus y Adonis, de Shakespeare, y ahora estoy inmerso en el más sombrío, y extenso, La violación de Lucrecia.

Si todo sale bien, este diciembre estará en las librerías. Entre tanto, una pregunta a la que mis discretos lectores sabrán responder, armados de motivos: ¿mejor traducir "muchacho" o "mancebo"? Lo primero hace el texto más contemporáneo, actual, como lo era Shakespeare en su época. Lo segundo lo inserta más en nuestra tradición literaria equivalente, lo hermana al Garcilaso de la égloga tercera.

Aquí lo dejo, primero en inglés y luego en español:


'Witness this primrose bank whereon I lie;           

These forceless flowers like sturdy trees support me;

Two strengthless doves will draw me through the sky,

From morn till night, even where I list to sport me:

Is love so light, sweet boy, and may it be

That thou shouldst think it heavy unto thee?       

“Testigo son las flores en que yazgo:

estas prímulas frágiles sostienen

mi cuerpo igual que árboles robustos;

dos palomas me llevan donde quiero.

¿Tan leve es el amor, dulce muchacho,

que a ti pesado en cambio te parezca?


Me interesa vuestra opinión.

viernes 17 de julio de 2009

La garantía de Atila

Anda uno meditabundo estos días sobre lo vulnerable de este oficio de escritor, sobre sus servidumbres. Pero saboreando sin embargo el consuelo de que no todo está perdido. Que siempre hay un azar que nos devuelve la esperanza.
Sin ir más lejos, hace unas semanas llevé a reparar mi anterior ordenador al servicio técnico, pues no le funcionaba la unidad de DVD. Pongamos que el nombre de la marca del cacharro sea ASNUS, y que el lugar en el que lo compré se llame FUCK o algo parecido. Pues bien, desde hace dos días dispongo de nuevo de mi ordenador ASNUS, pero cuando lo recojo en FUCK y lo pruebo en casa me encuentro con que para reparar esa bandeja que prácticamente nunca usaba el lumbreras informático de turno me ha reformateado el ordenador, lo que dicho en román paladín significa que lo ha arrasado, borrando todo, programas, archivos y la madre que lo crió. 
Faltaban dos días para que cumpliera la garantía. Y aunque podría lamentarme de esta circunstancia, y desear no haberlo llevado nunca a "reparar", pienso que si yo he perdido algunos documentos, cuántos no se perderán diariamente en otros "arreglos". Es decir, cuántos textos se perderán los lectores.
Y pienso que el Atila de turno, multiplicado por cientos, hace un gran servicio, muy higiénico, a la literatura.

domingo 12 de julio de 2009

Lampedusa y Shakespeare


A tenor del número de ejemplares del libro encargados en una librería que frecuento, el Shakespeare de Giuseppe Tommasi di Lampedusa, publicado en la editorial Nortesur, está siendo un pequeño éxito entre los happy few.
Y no sin motivo, pues es un breve compendio crítico de toda la obra del Bardo, escrita desde el conocimiento y no pocas veces desde la emoción, más aquilatada cuanto que muchas veces se tachan de fruslerías textos que no rayan a la misma altura máxima e inigualable.
Hay apreciaciones discutibles, claro, como cuando Lampedusa dice que el dístico final de los sonetos es quincalla que nada aporta. Nada más alejado de la realidad. Pero hay un error de bulto en la página 16 cuando el italiano confunde un soneto sobre Venus y Adonis con el largo poema que se extiende hasta casi los 1.200 versos (que se lo digan a uno, que hoy ha dado cima a su traducción). Cuatro líneas después de afirmar que es soneto, añade: "se trata de un largo poema en serventesios endecasílabos en rima abab, de versos exquisitos y luminosos, pero fríos." Un soneto no puede exceder los catorce versos (salvo excepciones conocidas y estrambóticas). Quizá, además, por ese disgusto ante los pareados que clausuran los sonetos, Lampedusa ignore los que cierran los serventesios, pues los versos del poema se agrupan en estrofas de seis versos.. Pero al César lo que es del César: el autor de Shakespeare al menos califica a los primeros cuatro versos de las estrofas de Venus y Adonis de serventesios. En nuestro idioma, son muchos los que mal llaman a las estrofas de los Sonetos cuartetos, lo que presupone una rima abba (mamma mia!), que no está en el original. 
Lo dicho: un excelente libro, con todo, este Shakespeare. Aunque uno, y más ahora, reciente un viaje al Vigo de Don Álvaro, prefiera -eco de un deslumbramiento antiguo- las páginas dedicadas a Shakespeare en el volumen de ensayos en que la editorial Galaxia recogió la obra en gallego de Cunqueiro. Imprescindible no menos que este texto de Lampedusa.

viernes 10 de julio de 2009

La palabra y la rosa


Contaba aquí que conocí personalmente a Francisco Brines hace unas semanas y pude charlar con él detenidamente (aunque quizás, debido al ruido ambiente, no en la atmósfera más apropiada). Recojo aquí una reseña de una monografía dedicada al poeta que publiqué en la revista Mercurio y que ha pasado a formar parte de mi reciente libro Las líneas de otras manos


COLLIGE, VIRGO, ROSAS

Los años comportan esta servidumbre: aguzan las manías y embotan la bondad, nos hacen quisquillosos, a veces con el más arbitrario y quebradizo fundamento. Entonaré, entonces, un canto de culpa: mal predispuesto por la deslucida cubierta de este libro, la cual no hace justicia ni al autor, ni a la editorial, ni a Tiziano —que la pintara—, y con el arma cargada, temiéndome una inhóspita erudición más propia de una tesis doctoral, lejos de las páginas de poetas críticos como Carnero, Colinas, Lamillar o García Martín, que ya se han ocupado de Brines, me barruntaba lo peor. 

Y sin embargo, La palabra y la rosa es un excelente estudio —en el que la documentación no empacha, pues transparenta inteligencia— sobre uno de los mejores poetas españoles vivos, Francisco Brines, que desarrolló en la segunda mitad del siglo, ay, pasado, una valiosa obra cuyo principal tema es precisamente el paso del Tiempo. El libro está muy bien estructurado y asedia la ciudad de la poesía brineana (calles italianas, brumas oxonien- 

ses, acrópolis griega) desde diversos frentes. 

Su primera parte, “El sujeto poético de Ensayo de una despedida” se ocupa del personaje que protagoniza los poemas, en el que hay mucho de desdoblamiento y donde el yo es claramente postromántico. Esto se ilustra con un repertorio de procedimientos como el monólogo dramático, la citada escisión de la voz poemática o el uso de las diferentes personas del verbo (un recurso muy de Cernuda que se hará título en Jaime Gil de Biedma). Y ello con un objetivo, según la tesis del autor: “la peripecia biográfica, lo anecdótico, sirve sobre todo para poner ante los ojos del lector el testimonio moral de una vida”, todo para conseguir “una poesía meditativa que trasciende de lo elegíaco a lo metafísico”. 

A continuación se ocupa del “Clasicismo y culturalismo en la poesía de Brines”, donde muy oportunamente se sitúa al poeta en la tradición de Hölderlin, Leopardi o Keats (tres poetas que también gravitaron, y mucho, sobre Cernuda). Tal vez hubiera convenido resaltar más las concomitancias con Gil-Albert, un poeta de la misma estirpe. Muy acertado me parece que este capítulo se cierre con el contraluz del barroco, donde tienen su asiento la caducidad y la muerte. En cuanto al deseo en Brines, el conocido como amor griego, Andújar Almansa ve bien que estamos ante una poesía no tanto amorosa cuanto erótica, que incluso busca 

las relaciones mercenarias; una poesía donde, podríamos decir, lo venal y lo venéreo van de la mano. El Tiempo se embosca detrás de cada beso; ya sea éste arrebatado a un cuerpo en un callejón oscuro, ya signo de un amor más intenso, abocado a la ceniza. De aquí la celebración del instante, también la elegía, que como la relación con D. K., evocada en poemas de todos sus libros a partir de Palabras a la oscuridad, llega a ser una pasión de voyeur hacia aquel amor no menos que hacia los seres jóvenes que lo compartieron. Y es que como Brines ha visto —y de manera única escrito en sus poemas—, mirado retrospectiva- 

mente, más con asombro que con nostalgia, el “yo” se convierte en “él”, el recuerdo en extrañeza. 

Finalmente, “La palabra y la rosa: el vitalismo trágico” fija el equilibrio de la obra de Brines: el retener lo que escapa mediante el arte es, como observa Andújar, “una invitación para que el mundo sea contemplado con una mezcla de intensificado fervor y desengaño”. Y es que desde su inicio (Las brasas) estamos ante una poesía que tiende al adiós, de ahí el título genérico Ensayo de una despedida, aunque contra esa finitud se debata el deseo de 

perdurar, agónico: Aún no, Insistencias en Luzbel, El otoño de las rosas o La última costa

Llama la atención en un ensayo tan completo la ausencia de referencias a otros poetas de la llamada generación del cincuenta, especialmente Gil de Biedma, con quien Brines comparte, entre otras cosas, el homoerotismo y la lección, en cuanto lectura provechosa, de Cernuda; igualmente, en ocasiones, pues en el barcelonés hay una ironía que rara vez o nunca aflora en el valenciano, Gil de Biedma recorre con Brines el camino de la elegía amorosa: a “Mañana de ayer, de hoy” o “Pandémica y Celeste” me remito. 

Tampoco hubiera sobrado poner al poeta de Oliva en relación con los precedentes de Cántico, especialmente con Pablo García Baena o Vicente Núñez, hermanos también, a su modo, de esa fraternidad cernudiana, pagana y elegíaca. 

Pero ya advertí que con el tiempo uno se vuelve quisquilloso.



miércoles 8 de julio de 2009

Escuelas de verano

Este mes de julio se celebran, entre muchas otras, sendas escuelas de verano en Sligo y Londres sobre los poetas W. B. Yeats y T. S. Eliot. Del nivel de ambas, y de la capacidad de trabajo y casi don de la ubicuidad de Seamus Heaney, es muestra que el Nobel de 1995 participará en ambas. Uno, que no podrá asistir a ninguno de estos encuentros (ni al también prometedor de Andrew Motion en la isla de Wight, esta vez con el pretexto de Tennyson), se conforma con leer esta extensa y valiosa conferencia sobre Eliot y Yeats (y Pound) que será pronunciada dentro de veinte días en el curso del cotarro irlandés.

Los años no pasan en balde: caigo ahora en la cuenta de que a estas alturas he traducido a Pound, Yeats, Eliot, Tennyson y Heaney. Como escribió David Lodge en su novela Small World ( que se desarrolla en parte en la Yeats Summer School de Sligo), el mundo es un pañuelo.

(A Lodge no lo te traducido...)

lunes 6 de julio de 2009

My last Will

Esta será mi versión definitiva, no sólo de los Sonetos, sino también de Venus y Adonis y compañía...

domingo 5 de julio de 2009

Un viejo entretenimiento

                                                          SEXTINA

 

                                    Del deseo, ¿qué queda? Un son de piedra

                                    o la sombra, no más, bajo la luna,

                                    el ron y la mortaja de su cuerpo.

                                    Y es vil escoria lo que creías alma,

                                    sombra en la sombra y un golpe en el agua

                                    con el dolor de no ser más que noche.

 

                                    Las paredes del día y de la noche

                                    en las olas que descubren la piedra;

                                    en muros de cristal amores de agua

                                    acarician la masa de la luna

                                    como nosotros mismos, nuestra alma

                                    a nuestro afán de carne. Nuestro cuerpo.

 

                                    La ola indivisible de tu cuerpo

                                    inclinando los frutos de la noche

                                    que hay que nombrar para que llegue el alma

                                    que bebe astillas de agua en una piedra.

                                    Por eso canto al día y a la luna

                                    con el fuego insensato y con el agua.

 

                                    Si hago saltar guijarros sobre el agua

                                    que atraviesas ansiosa con tu cuerpo,

                                    el más hermoso imperio de la luna,

                                    deja caer aviones en la noche.

                                    Todo se va cayendo, todo es piedra

                                    para que al fin pudieses tú ser alma.

 

                                    Las escaleras gimen cuando el alma

                                    de ademanes transparentes de agua

                                    desciende por su sombra hacia la piedra.

                                    Abatir su ternura bajo el cuerpo,

                                    las murallas de espuma de la noche:

                                    por él navegaré como una luna.

 

                                    Se fue por un sendero de la luna

                                    mi corazón; y los sentidos —alma—,

                                    y desde entonces duermo con la noche,

                                    cuerpo con cuerpo igual que agua con agua,

                                    su contacto fundente cuerpo a cuerpo:

                                    arrasados serán, piedra sin piedra.

 

                                    La piedra humedecida aspira luna,

                                    un cuerpo encadenado lleno de alma

                                    sobre el agua tranquila de la noche.

 

 

Los versos de esta sextina pertenecen respectivamente a los siguientes poetas: Ricardo Molina, E. Cote, Carlos Jiménez, J.R.J., Juan Luis  Panero, J. J. Cabanillas; P. Salinas, Juan Luis Panero, J. Gorostiza, J. M. Ullán, J. Gil-Albert, P. Salinas; Neruda, J. J. Cabanillas, J. L. Hidalgo, Carlos Pellicer, Neruda, Paz; Jesús Aguado, P. Salinas, Miguel Hernández, E. Cote, E. Cote, Pedro Salinas; Cirlot, Paz, Cirlot, M. Calvillo, Jesús Aguado, J. L. Hidalgo; J. Gorostiza, R. Bonifaz Nuño, Neruda, Pedro Salinas, R. Bonifaz Nuño, J. J. Cabanillas; Antonio Colinas, E. Cote, Alí Chumacero.

 

 

 

 

miércoles 1 de julio de 2009

Pierre Menard, traductor de Pessoa



Está a punto de salir en Paréntesis Editorial una excelente antología bilingüe de Fernando Pessoa a cargo de José Luis García Martín, uno de los introductores del poeta portugués en nuestro país a principios de los años ochenta del pasado siglo.

En el original las Odas de Ricardo Reis, uno encuentra este verso:

Súbdito inútil de astros dominantes,

Y JLGM, trasvestido de Pierre Menard, traduce:

Súbdito inútil de astros dominantes,

¿No hubiera sido mejor traducir así?

Vano vasallo de luceros imperiosos,

No sé, sólo es una pregunta. Y un homenaje a Borges.




martes 30 de junio de 2009

Páginas de mi biblioteca



Decía aquí hace unas semanas que la revista El ciervo me pidió una colaboración en la que hablara de alguna colección o aspecto de mi biblioteca, y cómo decidí ceñirme a los muy queridos para mí temas célticos. Ahora que el mes de junio expira y se retirará de los quioscos el número en que aparece este texto, lo comparto aquí con el hipotético lector interesado:

Mi biblioteca de celtista

 

 La literatura y las lenguas célticas se me entraron primero por los oídos bajo la advocación de la bellísima música irlandesa. Luego, el torrente bajó crecido, y en él desembocaron afluentes de los diferentes países célticos. Fui aprendiendo sus lenguas (y, ya que soy biógrafo de Cernuda, también “aprendiendo olvido”, como se titula un poema suyo, pues son idiomas que de no practicarlos se evaporan); fui recorriendo, decía, el camino que lleva al disfrute de sus tesoros literarios. Michael Hartnett, poeta irlandés, escribió un libro en que se despedía del inglés antes de ceñir su obra a la lengua gaélica irlandesa. De alguna forma veo que lo plagié al cambiar mis sistemáticos estudios de la carrera de Filología Inglesa por el asilvestrado aprendizaje del gaélico: de Irlanda y Escocia. Providencial fue en ello una beca de la Universidad de Edimburgo: argumenté a los que me la concedieron un interés por Yeats; pronto me dediqué, más que al Nobel, a la tradición autóctona que tanto influyó en su obra. A mi regreso fui tejiendo durante años, y en colaboración con Catriona Zoltowska, hablante nativa de las Hébridas trasplantada en Sevilla, la muestra de poemas escoceses Canciones gaélicas.

            Para mí, traducir ha sido una forma de leer lo que no estaba a mi alcance en mi propia lengua. Así vertí la desternillante La boca pobre de Flann O’Brien, o la antología de poesía altomedieval Antiguos poemas irlandeses (la más amplia traducida a cualquier lengua). Mal asunto ha sido para mi bolsillo, no nutrido por tesoros legendarios, la coincidencia durante muchos años de mi pasión céltica con mi profesión de librero. Beneficiándome de descuentos, el raudal de libros se ha ido incrementando de manera notable, como una aguerrida hueste, hasta el punto de que a veces llegué a pedirme catálogos casi completos: así, la colección de la revista Celtica del Dublin Institute of Advanced Studies, con su cartulina naranja, no muy dispareja de algún título de la editorial Akal, que publicaba a Ramón Sainero.

            Hay gigantes en mi biblioteca. El más grueso de todos los volúmenes es el primero (A- Ff) del Geiriadur Prifysgol Cymru (Diccionario de la Universidad de Gales), que a imagen del Oxford English Dictionary es un completo diccionario histórico y de autoridades de la lengua galesa. Sus cuatro robustos volúmenes (del segundo al cuarto ya no tanto) tienen su correlato en la edición compacta del Dictionary of the Irish Language de la Royal Irish Academy, que reproduce, reducidas y en homenaje a Lilliput, las hojas del diccionario reuniendo cuatro páginas en una. Hay que abrirse paso en él con una lupa.

            Cómo no recordar también aquí el Dwelly, el magno diccionario de gaélico escocés que su autor recopiló durante décadas en las Tierras Altas de Escocia y en las Hébridas, en el que incluyó numeroso grabados, no tanto por ornato como para ilustrar plantas, aperos, vestidos, y una realidad que hoy no sólo resulta extraña al extranjero. Siempre al abrirlo me ronda el oído un aire de gaita.

            Volúmenes hermosos son los de la Early Irish Texts Society, verdes con letras y entrelazados en oro, icono del libro céltico por antonomasia. En su tropa militan títulos de toda laya, y no faltan los librotes fenianos. En este género y, a imagen de las últimas películas del irlandés John Ford, hay a las veces un tono crepuscular como en el Diálogo de los ancianos, con Finn y Ossián, Cailte y Oscar (de aquí le viene el nombre al incomparable Wilde). Pero he de poner freno, o no acabaré nunca. En la breve lista de libros que sigue me he limitado a títulos en español. Son muchos los que se han quedado en el estante.

 

Cuchulain de Muirthemne

Lady Gregory

 

Este libro, que estuvo hace años publicado en Siruela, acaba de ser reeditado en la recién nacida Paréntesis Editorial. Narra, reuniendo diferentes relatos, las hazañas del héroe más señalado del Ulster, en acontecimientos legendarios y mágicos que se desarrollan antes de la llegada del cristianismo. Destacaría la excelente traducción de María Luisa Balseiro. Para Yeats era el libro más importante surgido en la Irlanda de su tiempo.

 

La poesía irlandesa

Marià Manent

 

Conozco, y tengo, dos ediciones de esta antología en la que el gran traductor catalán vertía una selección de la poesía vernácula hibérnica hecha a partir de las más solventes traducciones al inglés. Poeta él mismo, Manent muestra una gran sensibilidad rítmica en esta apretada gavilla mayoritariamente anónima y de los siglos VII al XIII.

 

El libro de las invasiones

Anónimo

 

El Leabhar Ghabhala narra, en prosa y verso, las sucesivas oleadas de pueblos míticos que arribaron a Irlanda, el último de los cuales procedía de Breogán, en Galicia. Cesair, Partholon, los Fir Bolg, los Tuatha De Danann, son nombres que se entretejen en lo legendario. Todo el mundo céltico se ha mirado siempre en Irlanda: el bretón Alan Stivell cantó de estos mitos, al tiempo que tañía su arpa, en su disco Legend.


Las islas Aran

John M. Synge

 

Son tres estas islas que alguno ha confundido con la escocesa de Arran, y se tienden bajo el viento atlántico y frente al litoral de Galway, en el oeste irlandés. Synge las visitó en varias ocasiones entre 1898 y 1902 y fue testigo de tradiciones y costumbres atávicas. Contagiado del gusto por contar de los nativos, dejó un gran reportaje literario que se enriquece con los grabados de Jack B. Yeats, hermano del Nobel.

 

El misterio celta (Barzaz Breiz)

Hersart de la Villemarqué

 

“Bretaña es poesía”, reza la cita de María de Francia que sirve de pórtico a este libro que no ha de desmentirla. Propio del celtismo del XIX, con sus dosis de mixtificación nacionalista heredera de Macpherson, el Barzaz Breiz (literalmente, la poesía de Bretaña) aporta tras un extenso estudio preliminar cánticos y relatos sobre hadas, enanos, la ciudad sumergida de Is o el mismísimo rey Arturo.

 

 

Bronwyn

Juan Eduardo Cirlot

 

Pariente remoto de Yeats, el poeta barcelonés dio en escribir todo un ciclo poético, apoyado en la hermenéutica tradicional, sobre una doncella céltica del siglo IX que comparte nombre, bajo otro vestido, con la doncella de Isolda. No hay igual en la literatura española: cientos de páginas son el largo baladro de quien llega a aliterar, como sus colegas medievales celtas o germánicos, y compone nada menos que “La Quête de Bronwyn”. Espadas, lanzas y espirales en un libro cuya importancia np hace sino crecer cada día.

 

Mabinogion

Anónimo

 

Victoria Cirlot, hija del autor de Bronwyn, de quien heredó la pasión por lo medieval y el numen céltico y artúrico, puso en español estos relatos galeses del siglo XII llenos de fantasía. Una de las narraciones trata de Branwen hija de Llyr (sí, de nuevo una variante del nombre de la musa de Cirlot), y junto a otras compone las llamadas Cuatro Ramas, a las que se han adherido otras historias tan hermosas y oníricas como “El sueño de Maxen” y versiones que colindan con el mundo que destapa Chrétien de Troyes.

 

Viaje a las islas occidentales de Escocia

Samuel Johnson

 

El autor del primer diccionario de la lengua inglesa y de Vidas de los poetas ingleses nos legó en 1775 este recorrido por un país en transformación, en muchos puntos exótico incluso a ojos de un británico. En compañía de su fiel biógrafo escocés James Boswell, Johnson partió de Edimburgo y con paradas en Montrose o el Lago Ness y atravesando las Tierras Altas pasó a Skye (más de dos siglos después, yo mismo pude dar fe de su belleza), Mull, Iona... “Todo tiene su historia por estos pagos”, cuenta Johnson, y se hace eco de relatos y sucedidos.

 

 

Merlín y familia

Álvaro Cunqueiro

 

Sólo la cicatería y la mezquindad pueden arrebatarle a Don Álvaro el lugar que ocupa en nuestras letras. No menos erudito que Johnson, y mucho más placentero, sabe pintar una sonrisa sobre la melancolía y llevar al viejo mago, y a Ginebra y a quien quiera que se tercie, a bosques de Galicia. La joya se completa con uno de esos índices onomásticos que son marca de la casa y rúbrica y bis de una actuación inolvidable. De Merlín escribe: “Mi señor amo y maestro, del que no digo que santa gloria haya, porque no llegó noticia de que muriese.”

 

En Nadar-Dos-Pájaros

Flann O’Brien

 

Este libro que surgió como una gamberrada de estudiante cuando a su autor se le quedaba pequeña la universidad de Dublín goza hoy del privilegio de ser considerado una obra maestra del posmodernismo. Es eso y más. En la trama principal se cuelan decenas de estrofas del texto irlandés medieval La locura de Suibhne, que más adelante Seamus Heaney vertería como Sweeney Astray. En su título, y en buena parte de su estilo, se basa la magnífica novela de Jamie O’Neill Nadan dos chicos.

sábado 27 de junio de 2009

Aburrimientos



En Málaga, gracias al Centro Cultural de la Generación del 27, hace tiempo que se vienen imprimiendo hermosos libros y plaquettes compuestos a mano -y en qué papel- en lo que fue la Imprenta Sur, inseparable de la historia de la tipografía y la literatura españolas. Ahora me llega Aburrimientos, una colección de haikus de José Antonio Mesa Toré. Reproduzco aquí una hermosa muestra de estupor del poeta, que es el de todos:

Cuarenta velas,
¿cómo en tan poco tiempo
las has juntado?



viernes 26 de junio de 2009

Brujas y Gante


El número 81 de Clarín es una coctelera en la que se mezclan diferentes alcoholes que me conciernen. En primer lugar (no lo digo por egotismo, sino porque así aparece en el sumario), la revista da uno de esos artículos míos peregrinos sobre viajes más o menos literarios, en este caso sobre Brujas y Gante. Luego, Toni Monesinos, un escritor que admiro, se digna reseñar mi traducción con epílogo de Bartleby el escribiente en Metropolisiana, y a continuación, last but not least, se incluyen dos excelentes reseñas de libros que uno ha editado en Paréntesis: Vacaciones de invierno, de José Manuel Benítez Ariza, y Cuchulain de Muirthemne, de Lady Gregory.

Y no acaba ahí la cosa, pues también comparecen páginas del propio Benítez Ariza o de mi amigo John Donne, traducidas éstas por Christian Law Palacín. Pero como no es cuestión de copiar aquí el número entero, cierro la entrada y -si algún crédito tengo- me limito a recomendar, una vez más y sin falsa modestia, esta estupenda revista en la que suelo colaborar.


jueves 25 de junio de 2009

Viajes de Gulliver



Ya está en imprenta la traducción que Pre-Textos, con traducción mía, publica del delicioso libro de Jonatahan Swift. Para ir abriendo boca, dejo aquí la nota de contracubierta:

Deán de Pan Patricio, en Dublín, Jonathan Swift (1667-1745) publicó esta cuádruple fábula en 1726. Desde entonces, sobre todo merced al universal éxito en el ámbito de la literatura infantil de su primera parte, y más concretamente del viaje a Liliput (sólo una fracción de las aventuras y países que inventara este libro), se ha convertido en un clásico de amplísima circulación, y título imprescindible de la sátira social y política, género que también Swift puso en práctica, magistralmente, en obras como Historia de una bañera (1704) o Modesta propuesta para impedir que los hijos de los pobres sean una carga para sus padres (1729). Típico en él, el autor pone aquí en boca de otros (el libro se publicó anónimamente) opiniones propias y ajenas (los desvaríos y actitudes que tan aceradamente ridiculiza: intrigas palaciegas, degeneración de las costumbres, la hipocresía…). Pronto vemos que bajo la capa de lo divertido laten más graves acentos, tanto más sombríos conforme avanza la acción.

No se puede entender esta obra sin el precedente de crónicas de viajeros y descubridores, en época en que Inglaterra era dueña de los mares. Pero como ha señalado Paul Muldoon, Viajes de Gulliver ha de ser leído, también, a la luz de las antiguas narraciones irlandeses conocidas como immrama, esos relatos de navegaciones extraordinarias de los que El viaje de Bran (Brendan o nuestro San Barandán) o La travesía de Máel Dúin (que adaptara Tennyson) son exponentes.

En otras ediciones, la censura o una pudorosa mano eliminaron los episodios más escatológicos de la trama. Esta nueva traducción de Antonio Rivero Taravillo mantiene, en estilo y espíritu, la gracia, el candor y la picardía del original.