FUEGO CON NIEVE
Cuaderno de bitácora de Antonio Rivero Taravillo
miércoles, 30 de mayo de 2012
lunes, 28 de mayo de 2012
Memoria de Iguazú
Miércoles 11 de agosto de 2010
Por la mañana muy, muy temprano, toca viajar al
aeroparque, donde tomará un avión a Iguazú, en la provincia de Misiones. Allí,
una de las grandes sorpresas del viaje: lo que él creía un destino para recién
casados y bobalicones atraídos por el brillo de pega de una trampa para
turistas con posibles, preferiblemente en divisas, resulta, y de qué modo, ser
un lugar de enorme e incomparable belleza.
Es la zona subtropical del país.
La temperatura roza los 24 grados, y ya la humedad se nota nada más pisar el
aeródromo. Un microbus lo lleva junto a un puñado de turistas, cada uno a su
hotel respectivo. El suyo es el Sheraton, caro pero muy conveniente para mejor
aprovechar el tiempo aquí, ya que se trata del único alojamiento en el interior
del Parque Nacional. Todo está algo corroído por la humedad, y bermudas y
salacot forman parte del uniforme de los conserjes y los botones. Se cuela una
mariposa en la recepción y revolotea entre las mesas del bar. Otras estáticas,
las orquídeas, hacen guardia en un aparador bajo un espejo que, demasiado alto,
se queda con las ganas y no llega a duplicar su belleza.
Iguazú significa en guaraní agua
grande. Y no mentían los indígenas: con un frente de tres kilómetros, las
cascadas (más de doscientas) constituyen un paisaje sobrecogedor. Lo descubrió
para el hombre blanco Álvar Núñez Cabeza de Vaca en 1542, quien inicialmente lo
llamó Saltos de Santa María.
Desde la terraza del hotel (ya
puestos a arruinarse, ha preferido pagar el suplemento y tener así vistas a las
cataratas) observa la elevada parte brasileña de Foz de Iguazú, y a la derecha,
velada por una espuma en suspensión, la maravilla. Hacia ella va, primero en un
tren de vía estrecha, y luego a través de pasarelas y caminos. En la parva
estación ferroviaria salen a saludarlo o más bien a restregarle su indiferencia
(deben de tener el estómago lleno en ese momento), los coatíes. Una hilera,
toda una familia, desciende a la vía y la cruza con la cola enhiesta, convoy de
varias locomotoras, adultas y cachorras, perdiéndose en la vegetación. Coatí
significa en guaraní nariz larga. Viéndolos más tarde con su hocico que busca
entre la comida de los visitantes, el nombre no requiere más explicación.
El breve recorrido termina en la
estación Garganta del Diablo, desde la que ya a pie se dirige por el circuito
superior al mirador, que es un curioso eufemismo, porque el agua en suspensión
es tanta que apenas puede ver, con las gafas totalmente empapadas; como por
otra parte apenas puede oír nada, ensordecido por el tronar del agua, que a
veces parece una bandera papal, con su desplome blanco y en ciertas zonas
amarillo. Quizá ese color de azufre tenga algo que ver en la explosión
constante, que nunca cesa en su bramido. A la izquierda, abajo, la isla San
Martín. Quedan restos de una antigua pasarela destruida por las inundaciones
del año 1992.
Hecho este recorrido, le llegará
el turno al sendero inferior. En algunos puntos los coatíes reclaman su ración
de golosinas. Y una y otra vez se acuerda del dios escandinavo Heimdall, el
guardián del arco iris, a quien agua y sol elevan en diferentes puntos sus
altares.
Luego, por la tarde, al bosque
tropical, no sin antes haberse provisto de repelente de insectos. No sólo avanza
entre monos capuchinos, también hay tucanes en las ramas más altas. El sendero
se estrecha en no pocos puntos, junto a los palos rosa y los palmitos. Podría
escribir aquí que entrevió un jaguar o supuso un tapir o un oso hormiguero
gigante entre las sombras, pero lo dejo estar, porque no me consta que así
fuera y no querría que me llamase embustero.
El fin de fiesta es un recorrido
en lancha motora hasta el mismo lugar en que desaguan las cataratas. Ha metido
las pertenencias de valor (menos la cámara, que se apresta a morir o
inmortalizar) en un saco impermeable que le han entregado al efecto, pero eso
no evita que él acabe absolutamente empapado. Cuántas veces le parece que la
barca se escora. Cuántos brincos pega, entrando el agua por la borda. El
estruendo ensordecedor del salto de agua se confunde con el agudo chillar del
pasaje, que en esta ocasión no canta bajo la ducha, sino que da directamente alaridos
bajo ella. Cuando trepa por los rudos escalones que llevan al traspiés y de
nuevo al agua o al hotel y la otra ducha, siente que pesa mucho más que hace
una hora: a la usual materia suya se le une ahora el millar de hectolitros que
han ido a mezclar sus moléculas con las de sus calzoncillos, con las del
pantalón vaquero, que ahora pesa toneladas, con las de la camisa, que ahora es
coraza de conquistador. El reloj de pulsera es ya clepsidra. En el Sheraton, a la
mañana siguiente, con la ropa aún chorreando extendida sobre una butaca, una
mesa, una percha, compone estos versos:
LOS RÁPIDOS
Corriente
arriba,
entre la
jungla,
el verde te
rodea
y te
sostiene.
Tanto te
acercas
que al fin
dejas de verlas,
las
cataratas.
En su blancura,
nada la vista;
esta ceguera húmeda
esta ceguera húmeda
en que zozobras casi.
Jamás
ha utilizado un secador de pelo de los que proporcionan los hoteles; aplicado sobre los pantalones, éste
tampoco le sirve de mucho.
(Las cataratas de Iguazú acaban de ser declaradas una de las siete "Maravillas Naturales" del mundo)
sábado, 26 de mayo de 2012
Calle de Luis Alberto de Cuenca
Acaba de parecer el número séptimo de la revista Isla de Siltolá, donde este poema mío aparece muy bien rodeado de colaboraciones también inéditas de Nicanor Parra, Jordi Doce, Juan Cobos Wilkins, Aquilino Duque, José María Jurado o el propio amigo y maestro destinatario de mis versos, entre muchos otros:
CALLE DE LUIS ALBERTO DE CUENCA
Oreada de mar y de navíos,
nace del callejón ciego de Homero
y la baña el sol cálido que lleva
al recreo del colegio de Foxá
y el suyo, en su niñez nunca pasada.
Tiene esquina con Don Ramón de la Cruz
y una biblioteca malthusiana
que lo expulsa del Paraíso perdido
donde a tientas abraza a Milton Borges.
A veces anochece: Edgar Allan Poe
apaga las farolas una a una
bajo el Nevermore
oscuro de los cuervos.
A ese balcón se asoman vampiresas,
y tipos con gabardina y cuello alzado
acechan desde patios que Virgilio
siembra de surcos y de hexámetros.
Pálida y prerrafaelista,
cruza el paso de cebra, una gacela,
con Jaufré Rudel, María de Francia.
La calle es quilla de piratas y piras
funerarias de héroes,
y alitera con alas y con olas
junto a puertas almenadas de Camelot y Cirlot.
Desemboca en la glorieta de su gloria
y en el anchuroso parque de la amistad,
concurrido
por aquellos para los que no hay papel en los
bosques
que acredite a todos y cada uno
de los privilegiados residentes
con derecho a aparcar las cuadrigas o
drakkars.
Y no es calle en el fondo, sino una ciudad.
O mejor dicho: el mundo.
El mundo, que es mejor porque lo habita
Luis Alberto de Cuenca.
viernes, 25 de mayo de 2012
Conjeturas y esperanza
Uno de los principales poetas británicos actuales, John Burnside (Dumferline, Escocia, 1955), que apenas había sido traducido en España, acaba de ser generosa y muy cabalmente antologado por Jordi Doce. Otra deuda que contraemos con este.
Hay mucho paisaje de las afueras de pueblos y ciudades en estos poemas que a menudo lindan con la áspera naturaleza o incursionan en ella, pero también hay interiores (físicos y del alma en el recuerdo) como el de "Una muerte en la familia", uno de los más emotivos de la selección, con ese "Nadie espera / que un niño lo comprenda" que es contradicho en los versos siguientes, y todo con la música de fondo de un libro que se cierra, y con él la inocencia.
"Falta de pruebas" es un texto turbador en tres movimientos que relata un crimen, y hay en otros poemas indagaciones sobre el doble, la identidad y las fronteras entre verdad y mentira. En otras páginas se rinde homenaje a la memoria de Octavio Paz o se entrega al lector una serie de epifanías sobre animales (Burnside hace tiempo que aplica su preocupación por la ecología a lo poético).
El volumen, que se completa con un diálogo mantenido en el Círculo de Bellas Artes de Madrid entre Adam Zagajewski y el propio Burnside, moderados por Doce, deja la miel en los labios, pues solo cubre hasta 2008, dejando fuera Black Cat Bone (2011). Ojalá los mismos traductor y editorial (Pre-Textos) nos ofrezcan pronto ese último poemario con el que Burnside ha obtenido el T. S. Eliot Prize y el Forward Poetry Prize. Entretanto, esta antología es muy recomendable.
jueves, 24 de mayo de 2012
Los aforismos de Pessoa
Pessoa por Almada Negreiros
José Luis García Martín lleva décadas acercándonos el misterio llamado Fernando Pessoa. De ese conocimiento prolongado, que cristalizó en la estupenda antología que preparó en la editorial Júcar (hace poco recuperada por Paréntesis), ha dado testimonios aquí y allá. Ahora, en la flamante colección "A la Mínima" de Renacimiento, da una selección de los Aforismos del portugués.
Espigándolos de entre la amplia obra del Pessoa ortónimo y de los heterónimos, hay en el libro pensamientos, intuiciones, juicios, boutades, para todos los gustos. Podría traer aquí algunos de mis favoritos, pero como se dice en uno de ellos, convenientemente subrayado en mi ejemplar, "Citar es injusto. Enumerar es olvidar".
Sobre la escritura de poesía hay un buen puñado, particularmente los que se concentran en la página 77. JLGM y yo mismo dialogaremos sobre estos aforismos en la presentación del libro que tendrá lugar el próximo 31 de mayo a las 20 h. en la Biblioteca Infanta Elena de Sevilla, dentro del ciclo Letras Capitales.
miércoles, 23 de mayo de 2012
"Lejos" en el Periódico de Poesía de la UNAM
La magnífica publicación digital que la Universidad Nacional Autónoma de México dedica a la poesía recoge en su último número esta reseña de Juan Carlos Abril sobre Lejos, el más reciente también de mis poemarios. Pulsando en un enlace al final de la reseña se puede acceder, además, a varios poemas del libro.
martes, 22 de mayo de 2012
Viaje al centro de Álvaro Valverde
Con verdadero placer he leído la antología Un centro fugitivo, en la que Jordi Doce recoge, con excelente prólogo, veinticinco años de poesía de Álvaro Valverde.
Conociendo la obra de Valverde, se hacía raro ya que no estuviera esta antologada. Con la belleza formal que le caracteriza, la Isla de Siltolá pone ahora remedio a esto en su colección Arrecifes, y aquí el lector halla una ajustada selección de sus ocho poemarios publicados hasta la fecha, más un puñado de composiciones inéditas.
Valverde es un gran poeta de la mirada, y muchas veces desde la sombra interior observa la luz. "La gracia de evocar ciertas imágenes / es semejante al sueño", escribe en "Luz otorgada". Así, no es extraño que a menudo aparezcan las lamas de las persianas en estas páginas, desde las que se otea el mundo. Hay mucha cultura decantada en esta quintaesencia de sus libros, pero desde la emoción estética y vital, nunca desde el extenuante exhibicionismo de tantos poetas de la promoción anterior. También se ofrecen aquí magníficos monólogos dramáticos, de los que escogería "Stevenson Skerryvore" y "Relación de los hechos (J.C.B.)", donde se rinde homenaje al poeta mexicano José Carlos Becerra.
Como todo poeta auténtico, Valverde recupera temas y motivos, como sucede con el cementerio alemán de Yuste. Hay reflexión, viajes, emociones. Y una de las poesías más sostenidamente musicales de cuantas se escriben hoy en España.
sábado, 19 de mayo de 2012
"Night and Death"
Se presentó ayer el libro que publicado por Berenice recoge estudios y traducciones del famoso soneto de José María Blanco White que tanto alabara Coleridge. Antonio Molina Flores y David González Romero me pidieron una versión nueva que sumar a las otras que reúne el volumen. Aquí va, privada de la buena compañía de las de Jorge Guillén, Justo Navarro o Jenaro Talens entre otros:
LA NOCHE Y LA MUERTE
¡Oh, Noche misteriosa! Cuando Adán,
oyó tu nombre aún sin conocerte,
¿nunca lo estremeció tanta belleza,
este hermoso dosel de luz y azul?
Mas tras de un claro velo de rocío,
bañado por las llamas del poniente,
Héspero vino con celeste séquito,
¡y vio que se ensanchaba la creación!
¡Cómo saber qué sombras escondías
con tus rayos, oh Sol, o imaginar,
a la vista de insectos, moscas y hojas,
que orbes ilimitados ocultabas!
¿Con la muerte porfías, hombre débil?
viernes, 18 de mayo de 2012
Oda a Psique
Oda a Psique
Escucha estos versos sin tono, oh diosa,
arrancados con coacción placentera
y remembranza cara;
y perdona que cante tus secretos,
aunque sea a tu oído anacarado.
¿Soñé hoy quizás, o vi a la alada Psique
con mis ojos despiertos?
Vagando a la ventura por un bosque,
de pronto, desmayándome de asombro,
vi a dos bellas criaturas, recostadas
una junto a la otra entre la alta hierba,
bajo el techo gimiente de las hojas
y las trémulas flores, junto al cauce
de un arroyuelo apenas espiado.
Entre calladas flores
de raíz fresca y ojos aromáticos,
níveas como plata, azules, púrpura,
yacían calmos sobre un lecho de hierba,
los brazos y las alas enlazados;
y aunque no se tocaban ya sus labios
no se habían dicho adiós todavía,
tal separados por un suave sueño,
dispuestos a doblar los besos dados
cuando de par en par, tierna, la aurora
sorprendiese su amor amanecido.
Pude reconocer al niño alado,
¿pero quién eras tú, feliz paloma?
¡Su Psique fiel!
¡Oh, postrera visión, la más hermosa
de toda la marchita jerarquía
del Olimpo! Más pura que la estrella
de Febo en sus regiones de zafiro
o la amante luciérnaga de Véspero;
más hermosa que ellas, mas sin templo
ni altar que cubran flores;
sin coro de vírgenes que giman
en las nocturnas horas;
sin voz, laúdes, flautas, dulce incienso
que eleve con fervor el incensario;
sin santuario ni oráculo ni bosque,
ni el celo de la boca macilenta
de un profeta que sueñe.
¡La más brillante! Pero muy tardía
para los viejos votos y la lira
de arrebatada fe,
cuando sagradas eran las forestas,
sagrado el aire, el agua, santo el fuego.
Aun en aquellos días, tan lejanos
de feliz devoción, tus abanicos
claros, aleteando entre las pálidas
deidades del Olimpo, veo y canto,
sólo inspirado por mis propios ojos.
Sea yo entonces tu coro, que gima
en las nocturnas horas;
tu voz, laúdes, flautas, dulce incienso
que eleve con fervor el incensario;
tu santuario, tu oráculo, tu bosque,
el celo de la boca macilenta
de un profeta que sueñe.
Seré tu sacerdote, haré tu templo
en un lugar desierto de mi mente,
donde ramificados pensamientos
recién brotados con dolor muy grato,
en vez de pinos, canten con el viento:
muy lejos esos árboles espesos
emplumarán montañas cuesta a cuesta;
y allí, al lado de céfiros y arroyos,
de pájaros y abejas,
las Dríadas echadas sobre el musgo
serán adormiladas en silencio;
y en medio de esta plácida extensión,
un santuario rosado vestiré
con el denso parral entretejido
de un cerebro que piensa,
con capullos, campanillas y estrellas
de nombres ignorados,
con todo lo que la Imaginación,
jardinera, conciba,
que criando flores nunca son las mismas;
y tendrás todo el sereno placer
que puede dar, umbrío, el pensamiento,
¡una antorcha brillante, una ventana
abierta, que de noche haga posible
que entre el cálido Amor!
y perdona que cante tus secretos,
aunque sea a tu oído anacarado.
¿Soñé hoy quizás, o vi a la alada Psique
con mis ojos despiertos?
Vagando a la ventura por un bosque,
de pronto, desmayándome de asombro,
vi a dos bellas criaturas, recostadas
una junto a la otra entre la alta hierba,
bajo el techo gimiente de las hojas
y las trémulas flores, junto al cauce
de un arroyuelo apenas espiado.
Entre calladas flores
de raíz fresca y ojos aromáticos,
níveas como plata, azules, púrpura,
yacían calmos sobre un lecho de hierba,
los brazos y las alas enlazados;
y aunque no se tocaban ya sus labios
no se habían dicho adiós todavía,
tal separados por un suave sueño,
dispuestos a doblar los besos dados
cuando de par en par, tierna, la aurora
sorprendiese su amor amanecido.
Pude reconocer al niño alado,
¿pero quién eras tú, feliz paloma?
¡Su Psique fiel!
¡Oh, postrera visión, la más hermosa
de toda la marchita jerarquía
del Olimpo! Más pura que la estrella
de Febo en sus regiones de zafiro
o la amante luciérnaga de Véspero;
más hermosa que ellas, mas sin templo
ni altar que cubran flores;
sin coro de vírgenes que giman
en las nocturnas horas;
sin voz, laúdes, flautas, dulce incienso
que eleve con fervor el incensario;
sin santuario ni oráculo ni bosque,
ni el celo de la boca macilenta
de un profeta que sueñe.
¡La más brillante! Pero muy tardía
para los viejos votos y la lira
de arrebatada fe,
cuando sagradas eran las forestas,
sagrado el aire, el agua, santo el fuego.
Aun en aquellos días, tan lejanos
de feliz devoción, tus abanicos
claros, aleteando entre las pálidas
deidades del Olimpo, veo y canto,
sólo inspirado por mis propios ojos.
Sea yo entonces tu coro, que gima
en las nocturnas horas;
tu voz, laúdes, flautas, dulce incienso
que eleve con fervor el incensario;
tu santuario, tu oráculo, tu bosque,
el celo de la boca macilenta
de un profeta que sueñe.
Seré tu sacerdote, haré tu templo
en un lugar desierto de mi mente,
donde ramificados pensamientos
recién brotados con dolor muy grato,
en vez de pinos, canten con el viento:
muy lejos esos árboles espesos
emplumarán montañas cuesta a cuesta;
y allí, al lado de céfiros y arroyos,
de pájaros y abejas,
las Dríadas echadas sobre el musgo
serán adormiladas en silencio;
y en medio de esta plácida extensión,
un santuario rosado vestiré
con el denso parral entretejido
de un cerebro que piensa,
con capullos, campanillas y estrellas
de nombres ignorados,
con todo lo que la Imaginación,
jardinera, conciba,
que criando flores nunca son las mismas;
y tendrás todo el sereno placer
que puede dar, umbrío, el pensamiento,
¡una antorcha brillante, una ventana
abierta, que de noche haga posible
que entre el cálido Amor!
martes, 15 de mayo de 2012
Luz sin tiempo
Pocas ocasiones de regocijo para el lector de poesía como un nuevo libro de versos de Andrés Trapiello. Y este Segunda oscuridad que da en Pre-Textos está entre los mejores suyos. Decir que se abre y cierra con dos poemas magníficos es solo empezar a delimitar su territorio, pero entre uno y otro es mucho lo valioso y lo que enriquece.
Comúnmente, Trapiello logra la emoción propia (que es el único camino para alcanzar la ajena) con poemas de mediana extensión, de base endecasílaba (como cantos leopardianos), pero los sabe rodear de textos más flexibles de la raíz del romance o la canción, que no solo aportan variedad sino una adecuación a la temática, como sucede, por ejemplo, con"Agropecuaria (Poética)" o "Labores del campo".
La madurez que ha alcanzado Trapiello, como hombre y como poeta, hace posible que evoque magistralmente al niño que fue, no como una mera elegía por aquel, sino más bien por el adulto que él mismo es ahora."De todos los posibles, este raro / disfraz que llevo puesto de mí mismo / hubiera sido el último en probarse,"escribe en el muy hermoso "Mota de polvo". No será la única vez en que aparezca el niño (que es el padre del hombre, como afirmó Wordsworth y gustaba de repetir Cernuda); lo hace en "Una carretera" e incluso puede que desdibujadamente (como supo ver un alumno mío del taller de poesía cuando compartí con el grupo el poema) en "Niños en la calleja", donde el correlato objetivo entre el miedo a la oscuridad de una pandilla de críos y la "segunda oscuridad" de la muerte está perfectamente logrado, así como la simbiosis entre los protagonistas infantiles y unos corderos, y entre el amor y la serenidad que permite afrontar el camino ignoto.
El lector habitual de Trapiello recorre en este libro temas y referencias habituales, pero cada vez traídos con mayor hondura: pájaros, los lagares en derredor de Las Viñas, El Rastro, las Salesas. El Amherst de Emily Dickinson tiene puerta a dos poemas, y comparece Gaya bajo su propio nombre y en la oblicua hermosura de unas flores en un vaso de agua.
Poeta no es el que establece lazos caprichosos entre las cosas, sino el que sabe verlos aunque estén velados y, sobre todo, expresarlos. Los seis versos con que se cierra "Una meditación" lo demuestran con creces:
Ninguna eternidad, ningún empíreo,
ningún afán tras de una fama póstuma
podrán ser nunca más que este minuto
en que tú y las estrellas, sin tener
ni siquiera que hablar lenguaje humano,
podéis decíroslo a los ojos todo.
domingo, 13 de mayo de 2012
viernes, 11 de mayo de 2012
Casa Alvarado
La revista Letras Libres (edición española) publica en su número de mayo este poema mío acerca del edificio que alberga la Fonoteca Nacional de México.
jueves, 10 de mayo de 2012
Vuelta al aprisco
Van transcurriendo los días y veo que vengo poco ahora por aquí. Pero aunque el pastor no lo visite, el aprisco sigue en su sitio; y el último poema, donde lo dejé. Viene este otro hoy a hacerle compañía, escrito en la terraza abierta al patio. Nació anoche y ya parece existir desde siempre:
TARDE DE MAYO
Cae la tarde.
Cansada y ya sedienta,
se ha ganado su vino.
Me siento con un libro y mi
cuaderno
y salgo a la tertulia de los
pájaros,
igual que las campanas a lo lejos.
Verso, gorjeo, tañido
son solo uno.
Y vuela.
Por el azul ya huérfano
nos seguimos en corro hacia la
noche,
hacia el silencio.
jueves, 3 de mayo de 2012
UNA PARADA
En el coche aparcado bajo árboles,
la doble página abierta del parabrisas.
El viento escribe, transparente,
lo que va recitando.
Pétalos, flores,
los versos sueltos
de esta oda a la Naturaleza
que veo ante el volante
a resguardo del aire y de su frío.
Ese remolino
que replico yo dentro.
Hecho por ella,
un poema que se deshace
con la ventisca.
(Abril de 2012)
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